2 ago. 2011

En elogio de las bibliotecas. Ultima parte

Exaltamos a las bibliotecas porque honramos la palabra. Una biblioteca es un saludo al aprendizaje y la adquisición de conocimientos. La biblioteca preserva las enseñanzas de responsabilidad, libertad y virtud.



Espero que para muchos de nosotros –sobre todo para los que, como yo, leyeron por vez primera The Carcher in the Rye cuando tenían la edad de Holden Caulfield-J.D. Sallinger es uno de esos raros autores a quienes nos gustaría poder llamar por teléfono cuantas veces lo deseemos.


Si bien el aplauso de los lectores receptivos da un gran orgullo, el autor tiene también otra poderosa fuente de satisfacción: ser miembro de una comunidad de creadores, cuyos esfuerzos ayuden a forjar el significado de la cultura y la civilización. Las bibliotecas son el lugar geométrico de esa comunidad de seres creativos.


"...las bibliotecas no son torres de marfil donde la gente habla en secreto y las luces son tenues, en cómodos santuarios al margen de las asperezas del mundo. Más bien son puertos esenciales en la ruta hacia un mayor conocimiento de nosotros mismos."



Las bibliotecas reúnen, en un solo lugar, enseñanzas y literatura de toda índole. Ofrecen esa colección, con toda su variedad y calidad, a los especialistas y los lectores ordinarios que la quieran examinar. Por el hecho de contener en sí mismas lo común y lo fabuloso, lo real y lo ideal, las bibliotecas crean un conjunto maravilloso, más grande que la suma de sus partes. Eso fue lo que quiso decir Archibald, el poeta que fue en una época Bibliotecario del Congreso, cuando escribió:


“La existencia de una biblioteca, el hecho mismo de su ser, es en sí misma una afirmación, una propuesta clavada en la puerta del tiempo, como la de Martín Lutero. Por el hecho de estar ubicada en el centro de la universidad, lo que equivale a decir en el centro de nuestra vida intelectual, con sus libros dispuestos en los estantes en un orden determinado y las tarjetas ordenadas con cierta estructura en sus ficheros, la auténtica biblioteca nos dice que en verdad existe “el misterio de las cosas”. O, para ser más precisos, ella proclama que la razón por la cual las “cosas” implican un misterio es que parecen tener un significado; que si se las ve en conjunto caben en cierto tipo de relación, encajan entre sí en una especie de integridad, como si todos esos informes distintos y disímiles, esos trozos y cabos de experiencia, como manuscritos encerrados en botellas, mensajes de tiempos remotos, surgidos de lo profundo del ser, a muchas millas de distancia. Tal vez si los entendemos en su conjunto nos podrán explicar el significado que encierra tal misterio.”


Así pues, las bibliotecas no son torres de marfil donde la gente habla en secreto y las luces son tenues, en cómodos santuarios al margen de las asperezas del mundo. Más bien son puertos esenciales en la ruta hacia un mayor conocimiento de nosotros mismos. Tal vez la prueba más poderosa de la virtud de los libros se encuentra en el hecho sombrío de que, a causa de ellos, sus autores han tenido que sufrir el exilio de su país natal, como Aleksandr Solzhenitsyn; padecer en la cárcel como Vaclav Havel; soportar humillaciones e insultos como Boris Pasternak; y arriesgarse a la muerte, como lo hace ahora Salman Rushide.

Una biblioteca nos abre ventanas transparentes y cautivadoras hacia la humanidad y la cultura.


Exaltamos a las bibliotecas porque honramos la palabra. Una biblioteca es un saludo al aprendizaje y la adquisición de conocimientos. La biblioteca preserva las enseñanzas de responsabilidad, libertad y virtud. Una biblioteca nos abre ventanas transparentes y cautivadoras hacia la humanidad y la cultura. Por todas esas razones, tal como lo creía el personaje Próspero en The Tempest (La Tempestad) de Shakespeare, una biblioteca es “un ducado suficientemente grande”.

(Artículo de la revista "Facetas", año 1992).

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