5 oct. 2011

Libros subrayados

Por Germán Carrasco

Hay varios tipos de subrayadores. Por ahí un personaje de Fuguet le marca las partes más calientes de las novelas a una amiga que no lee ni la carta del restaurante.

Existen otros que se enojan, nostálgicos de la censura, con los libros; otros, más cercanos al estilo de las barras bravas, directamente dirigen improperios contra el autor, al estilo de los blogs chilenos. Están los pedantes ingenuos que dicen, con sus marcas y subrayados: “soy un lector avezado y rayo el libro para un importante paper que será escrito en jerga burocrática y que no va a leer ni el estudiante más remoto en rincón alguno de la galaxia”.

Divertidos también son quienes, al descubrir una cita oculta o una relación (por obvia que sea, por ejemplo, que Dinero de Amis es una recreación de Niebla de Unamuno), la hacen saber cargando la letra en su acceso de felicidad: la ansiedad los consume cuando descubren algún intertexto en el que están seguros nadie reparará y quieren gritarlo a voz en cuello, entonces echan mano al lápiz más cercano y dejan el libro con un tatuaje que condicionará por siempre a los próximos lectores. Estos últimos subrayadores son parientes de los melindrosos cazadores de inexactitudes que revientan de placer al descubrir errores de traducción (los hay por miles) o imprecisiones en ediciones prestigiosas (las hay por miles).

Ya, está bien, todos sabemos que la visión del centro a la periferia, o del primer mundo al tercero, está llena de desconocimiento: Bloom y Marjorie Perloff confunden países y obras (“the argentinian poet Pablo Neruda”), pero solo se decepciona el que se ilusiona demasiado o los que leen las obras como si fueran palabra de ley o mandamientos. Mejor una relación amistosa con las páginas. En la emulsión que lubrica el paso de un párrafo a otro, de una idea a otra, de una escena a otra parece radicar cierta sabiduría –en la flexibilidad, en dejar pasar, en un dejarse penetrar, en un lector hembra inteligente y receptivo, parafraseando en negativo a cierto narrador pasado de moda. Lo demás es reacción de blog, rigidez mental, tontera.

Por lo demás, no creo que los subrayados y notas al borde de las páginas hayan hecho alguna vez cambiar de opinión a alguien, y si lo han hecho ha sido en el sentido opuesto a las intenciones del rayador. Mucho peor cuando el que garabatea el libro piensa lo mismo que uno, ya que degrada ideas que uno considera serias. Puede que esto de garabatear se deba en parte a la carencia de material impreso circulante, de revistas, de la vieja libertad de expresión. Aunque insoportables son también los que toman el libro con cuidado extremo como si fuera un ala de mariposa extinta o una hoja de la Biblia de Gutenberg; frente a esta última estirpe, que idoliza y fetichiza los volúmenes, cualquier garabato es preferible.

Entre la estirpe de los subrayadores hay unos que son mis preferidos y son los que dejan mensajes en hojas de cuaderno dentro de los libros, en el poema o el párrafo que más les gustó. Existen los que simplemente dejan constancia de su regocijo, y hasta los que buscan encuentros (“quisiera leer estos poemas en la cama con alguien”) y dejan el mail: homosexuales amantes de Robert Duncan o Frank O’Hara, o chicas a las que les agrada que les lean en el postfacio del acto sexual; otros buscan encuentros más serios para discutir interpretaciones y nos encontramos con frecuencia con el prosélito que busca reclutar militantes.

Me pasó una vez con una edición de Yeats: en un rapto de encantadora cursilería, una angloparlante dejó escrita una nota que decía algo así como: “quien quiera que seas, estoy segura de que si has disfrutado de este poema debes ser el tipo de persona que me gustaría abundara en el mundo”. Cuando uno lee algo así luego distingue hasta las partículas de polvo que descienden iluminadas por el ventanal de la biblioteca del instituto británico, que tiene una preciosa vista que da al lado poniente del cerro Santa Lucía.

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