18 oct. 2012

Entre el olvido y el encuentro

 
 Hace algunos años Graciela Diez rastreó su libro preferido cuando era niña en una reedición de la colección Robin Hood: Violeta, de George Whitfield Cook. Quería saber por qué la había atrapado tanto esa nena genial, de trenzas y grandes anteojos, y que aparecía en la tapa con un libro abierto sobre su regazo. Y lo volvió a leer y la volvió a atrapar. Cuando Graciela disfrutaba de las aventuras de Violeta no sabía aún que los libros la acompañarían siempre. Es bibliotecaria y ahora logró su propio libro.
De factura artesanal, es un cuidado catálogo de aquello que se encuentra y se olvida en los libros. Señaladores de todo tipo, estampitas, los ya extinguidos boletos de colectivos, poesías, flores secas, resultados de análisis, encargos o pedidos, facturas o recibos cuentan historias olvidadas y ahora encontradas.
Junto a Amanda Paccotti, Graciela guardó todo lo que fue encontrando como bibliotecaria. Trabajó durante diez años en la Biblioteca Argentina, luego en la que se encuentra en la Dirección de Asesoramiento Técnico de la provincia y, desde algunos años lo hace como voluntaria, en la Biblioteca Alberdi. Allí, junto a Paccotti, ideó el libro que no tiene final y sigue escribiéndose ante cada hallazgo.
Las joyas
"Nunca nadie imagina levantarse una mañana y encontrar un tesoro, nunca sabremos si la suerte estará a la vuelta de la esquina pero con este libro tuvimos suerte y encontramos tesoros. Tesoros conocidos y reconocibles, viajes en ómnibus, idas al médico, poesías dichas o calladas, recortes de diario, estampitas, oraciones, facturas pagas, folletos, propagandas, almanaques, marcadores, proyectos, escritos, programas de estudios, felicitaciones", detalla Graciela en la introducción de su libro objeto, como ella prefiere nombrarlo.
"Es un libro para ver y para reconocer historias —explica—. Nació y seguirá creciendo con nuevos olvidos y nuevos encuentros. No tiene final, su final abierto seguirá contando la historia de aquellos que alguna vez tengan en sus manos los libros de esta querida biblioteca", advierte.
Organizado por orden alfabético —"no podía ser de otra manera, siendo bibliotecaria", bromea Graciela— contiene joyas que motivan historias. Dentro del apartado dedicado a escritores aparece, por ejemplo, un texto de Gustavo Bossert. "No sabemos si lo dejó él o alguien lo escribió y lo olvidó", dice Graciela en diálogo con Señales.
A veces los hallazgos empujan investigaciones como por ejemplo una poesía escrita por Roberto Nistal. En el dorso del papel utilizado se descubre que el poeta era el propietario de la farmacia La Guardia y, según logró averiguar la bibliotecaria, fue químico farmacéutico.
Otra joya es una factura de la primer feria del libro que data de 1943, en la cual se deja constancia de una compra por dos pesos, con su respectivo descuento y derecho a sorteos.
También hay olvidos más personales como las flores y hojas secas; notas dejadas a hijos, que ni se enteraron; textos escritos a madres y padres. Infaltables, las estampitas, donde San Cayetano va primero en el ránking que integran también el Padre Ignacio y la Virgen de San Nicolás, entre otros y otras.
En el libro también se muestran otras expresiones de espiritualidad como folletos evangelistas e invitaciones a reuniones de meditación o yoga. La salud es otro tema, hay prescripciones de medicamentos, resultados de análisis, tarjetas de profesionales, todo sirvió en algún momento para no perder el hilo de una historia que atrapó al lector a tal punto que hizo olvidar el marcador.
Una estampita invitando a una primera comunión disparó que una de las lectoras del libro, que fue presentado días atrás en la Biblioteca Alberdi, averiguara sobre aquella niña, hoy empleada de la Municipalidad de Firmat y que el hallazgo le produjo recuerdos y una sonrisa. O la donación de un altar en 1942, con su respectiva estampa, hizo recordar a un lector que la mujer autora de la iniciativa había sido la directora de su escuela primaria.
Cuando se presentó el libro, Diez y Paccotti hicieron un taller para trabajar junto a los lectores. No sólo mostraron su libro sino que llenaron varios mesas con ejemplares de diversos géneros para promover la lectura entre los asistentes. "Surgieron cosas maravillosas —cuenta Graciela—, hace un tiempo me regalaron el libro Upa, y lo llevé ese día. Fue una mamá joven con una hijita que enloqueció cuando lo vio. Se lo hicimos fotocopiar. A los pocos días la mamá me mandó un mail, diciéndome que la nena estaba encantada con el libro, lo llevaba todos los días a la escuela y decía que ya sabía leer y escribir. Estaba aprendiendo y se remotivó para leer y escribir", relata Graciela aún emocionada.
Pero hay más, "la señora que estaba sentada al lado de esa mamá y su hija me cuenta que fue muy fuerte para ella ver la escena porque se vio a ella misma con su mamá cuando sentaba a sus hijos para leerles Upa. Con estas historias sentí que habíamos logrado lo que queríamos al presentar el libro con olvidos y encuentros".
También recuerda cuando en el buzón de devoluciones aparecían libros que no eran de la biblioteca. "Se notaba que a la gente le daba mucha pena destruirlos o tirarlos por ahí, y los dejaban en el buzón", dice en referencia a los libros "peligrosos". Los libros, como el suyo, sus olvidos y sus encuentros, como la vida.

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